lunes 9 de noviembre de 2009
How to kill a weekend
Es el problema del intelectualismo: se piensa que el ego consciente es la causa de todo, que contiene al mundo a lo largo ancho. ¿Cuántas veces dijimos que esa idea había que descartarla?
I
El plan del viernes era concreto: demoler. Vos traé los fósforos que yo pongo la dinamita, pensé. Era casi obvio que me cruzaría con ella. Y era increible como mi cabeza adelantaba las jugadas. ¿Qué mierda hago? Hace un mes que no sé de Rocío, lo cual me ha resultado sano. Tengo ganas de demoler los puentes, hay momentos en que creo que soy capaz de hacer cosas un tanto dañinas.
Efectivamente, tal como predije, Rocío estaba con sus amigas.
- Mirá Jana -me decía Orlando-, te haría bien dejarte de sentimentalismos, tenés que dejar esas boludeces. Por otro lado, veo que no te jugás del todo. Mirala, encima se vino con ese vestido negro que raja la tierra. Allen, la vida te sonríe, ¿podrías sonreirle vos de vuelta?
- No lo condiciones -acotó Bob inspeccionando el lugar-.
Se trataba de un bolichín en Palermo. Todos se parecen (Todos los fines de semana se parecen. Todos nos parecemos). Como no anoté dónde era, la verdad que no tengo idea ni puedo dar precisiones de la ubicación. Me suena cerca de Thames, pero eso no indica nada. Entonces recordé una cierta charla sobre cómo perdí el auto hace tres fines de semana.
Lo llamativo era que de las dos personas que festejaban el cumpleaños, una había dicho a sus invitados que fueran vestidos normales, y la otra que se trataba de una fiesta de disfraces. Entonces el lugar estaba plagado de batmanes, mucamas, angelitos, travestis y hasta el Che Guevara y gente vestida como cualquier otra noche: Por ejemplo, nosotros.
Rocío me habrá visto cuando fui a pedir mi primera Warsteiner de la noche. Simplemente lo dije: "Muchachos, necesito que no me dejen solo ni un momento". Orlando contestó "Madurá". Felipe refunfuñó, me miró con cara de descreído. Bob creo que me tenía lástima, brindamos.
No sería un refugio perpetuo. Pero necesitaba al menos cuatro cervezas para perder el estado de alerta. No recuerdo nada de la música que sonó en toda la noche. Nada. Era como si mi espacio-temporalidad (imposibles de separar, ya lo saben) hubieran estado acotadas a escenas microscópicas, como Felipe diciéndole al barman "atendeme bien que voy a ser tu mejor cliente esta noche" u Orlando yendo a hablar con las amigas de Rocío. Encima había otros pibes hablándoles. Cuando se sumó Felipe mi persona ya iría por la cuarta o quinta cerveza, lo suficientemente lúcido como para distenterme, lo suficientemente anestesiado como para no sentir demasiado.
Cuando nos acercamos, Rocío me sonrío levemente. Casi. Yo, como un estúpido pensé que ella querría verme. Ahí tuve esa sensación de que la molestaba bastante. Pero mi visión periférica la seguía a en todos sus movimientos, y fui detectando cómo nos ibamos acercando. Y yo no lo evitaba, quizás por...
- Voy a por otra cerveza- le dije a Bob.
Me sentía un aventurero, arriesgándome solo a ir a la barra, tanto dramatismo por otro medio litro de cerveza para matar cualquier sensación. Rocío no me siguió. Soy un maldito paranóico.
Al volver estaba más lejos de ella, pero eso no evitó que el proceso se retomara, que los intercambios de interlocutores en el grupo circular fueran enrocando las posiciones, y terminaramos ella y yo al lado.
Rocío me miraba, lo sabía. Yo me hacía el estúpido, pues me sale bastante bien, es mi mejor personaje, junto con el español, ese que a todo el resto la clase le gustó. Pero me sentía ridículo, eternamente ridículo. Hasta que me abandonaron. ¿Tendrían las amigas de Rocío orden directa de la misma para llevarse a mis escoltas? ¿Y mis amigos eran lo bastante flojos e inteligentes como para dejarme abandonado en semejante situación?
Recordé a Orlando: "madurá".
- Hola. ¿Me vas a hablar?
Preferiría no hacerlo, pero claro, me imagino que debo, ¿no?
- Claro, hola. ¿Todo bien?
"Todo bien", cuando quiero soy un verdadero oligofrénico... se me pone a hablar y le pregunto "¿Todo bien?".
- Hace mucho que no hablamos. Te extraño.
Fue fundamental sentir en ese momento que no tenía que estar con ella, que si me ponía tenso no era porque ella me gustara sino por querer evitarla. Entonces:
- No entiendo por qué. Digamos, tampoco es que seamos tan relevantes el uno para el otro.
Cuando quiero soy frío, me dicen. Muy frío. No la miraba a los ojos, simplemente hablaba con ella sin estar con ella.
- Allen - dijo-, sé que no te gustó mucho cómo hice las cosas, pero creeme que me gustas. ¿Está mal equivocarse? La verdad es que no tuve intenciones de hacer las cosas así.
Tan exigente me siento a veces, tan severo. Es como si yo tuviera las cosas claras como para reprochar a los otros. Pero tenía la certeza de que debía detonar las cosas. Precisaba que Rocío trajera los fósforos, yo tenía los explosivos listos.
- Creo que voy a dejar a Richard... - me dijo-.
Arrangué:
- No se trata de que dejes a Richard o no, pues eso es asunto tuyo. Más allá de eso, la verdad es que yo no quiero estar con vos. Me considero sólo un punto de crisis tuyo, nada más. Por lo que a mi cuenta, me mentiste sabiendo lo que hacías. Sé que nadie tiene las cosas claras todo el tiempo, lo sé perfectamente. No sos una mala persona, ni te odio, pero no quiero estar con vos.
Me sentí lapidario. Ella me miraba con sus ojos vidriosos.
- Bueno, si te sentís así...
- ¿Y sabés qué pienso? Que si realmente querés dejar a Richard deberías hacerlo, pero arriesgándote a quedarte sola de ser necesario, para pasar las cosas que tengas que pasar de ser necesario. Y punto, que lo indeterminado venga nomás.
Pero, ¿quién me creo que soy?
Nadie estaba con nosotros. Nadie. Eramos Rocío y yo que estabamos detonando nuestros puentes. Ese "creo que voy a dejar a Richard" fue sublime. Me sentí tan ajeno, pero tan involucrado.
- Sea como sea, tenés que hablar con Richard, ¿verdad? - le dije-. Puede que esten en una crisis o que debas efectivamente alejarte de él. Sea lo que sea de eso, es inevitable.
¡Me hago el sabio! Por favor, que Julieta, Day o Guillermina vengan a cachetearme por hacerme el más capo.
II
Pasado el moment, en el macdolands de Pueyrredón:
- No puedo creer que ella intentara ser del 2%, cuando claramente pertenece al 28% - le expliqué a Bob-.
- Deberías tener en cuenta que quizás ella es del 2%, ¿no?
- No, no no. El 2% ya es casi una nulidad. No existe más que una mínima persistencia, digamos. Un automatismo que le sale una sola y nada más. Rocío pareciera no cuadrar directamente con nada de mi teoría.
- Debieras reemplazar tu paradigma -replicó Bob-.
Pensé en que debería tomarme toda la semana para desintoxicarme. Pensé también que sería un fracaso. Dicen que los adictos siempre se proponen dejar sus drogas, pero que al reincidir siempre se justifican con que les pasó algún deplorable suceso. Tengo que hablar en algún momento del fenómeno de la anestesia, como sea.
- Seguro no nos volveremos a hablar después de esto - dije-.
- Fue duro -acotó Bob-, pero era algo que debías hacer. Te comprendo, digamos que la flaca iba con un doble discurso. Que estaba mal con el novio que a ver si me das bola que en una de esas lo dejo por vos y vemos que onda.
Se me retorció el estómago. El resto del fin de semana no lo viví. No sé qué hice, pero estoy seguro que no lo viví.
(Hace un rato vi Ed Wood, de Burton. Y con todo esto aquí escrito, tengo esa sensación que ese personaje me ejemplifica a la perfección: un tipo que se dedica a algo pensando que puede llegar a ser bueno, pero realmente es un desastre.)
I
El plan del viernes era concreto: demoler. Vos traé los fósforos que yo pongo la dinamita, pensé. Era casi obvio que me cruzaría con ella. Y era increible como mi cabeza adelantaba las jugadas. ¿Qué mierda hago? Hace un mes que no sé de Rocío, lo cual me ha resultado sano. Tengo ganas de demoler los puentes, hay momentos en que creo que soy capaz de hacer cosas un tanto dañinas.
Efectivamente, tal como predije, Rocío estaba con sus amigas.
- Mirá Jana -me decía Orlando-, te haría bien dejarte de sentimentalismos, tenés que dejar esas boludeces. Por otro lado, veo que no te jugás del todo. Mirala, encima se vino con ese vestido negro que raja la tierra. Allen, la vida te sonríe, ¿podrías sonreirle vos de vuelta?
- No lo condiciones -acotó Bob inspeccionando el lugar-.
Se trataba de un bolichín en Palermo. Todos se parecen (Todos los fines de semana se parecen. Todos nos parecemos). Como no anoté dónde era, la verdad que no tengo idea ni puedo dar precisiones de la ubicación. Me suena cerca de Thames, pero eso no indica nada. Entonces recordé una cierta charla sobre cómo perdí el auto hace tres fines de semana.
Lo llamativo era que de las dos personas que festejaban el cumpleaños, una había dicho a sus invitados que fueran vestidos normales, y la otra que se trataba de una fiesta de disfraces. Entonces el lugar estaba plagado de batmanes, mucamas, angelitos, travestis y hasta el Che Guevara y gente vestida como cualquier otra noche: Por ejemplo, nosotros.
Rocío me habrá visto cuando fui a pedir mi primera Warsteiner de la noche. Simplemente lo dije: "Muchachos, necesito que no me dejen solo ni un momento". Orlando contestó "Madurá". Felipe refunfuñó, me miró con cara de descreído. Bob creo que me tenía lástima, brindamos.
No sería un refugio perpetuo. Pero necesitaba al menos cuatro cervezas para perder el estado de alerta. No recuerdo nada de la música que sonó en toda la noche. Nada. Era como si mi espacio-temporalidad (imposibles de separar, ya lo saben) hubieran estado acotadas a escenas microscópicas, como Felipe diciéndole al barman "atendeme bien que voy a ser tu mejor cliente esta noche" u Orlando yendo a hablar con las amigas de Rocío. Encima había otros pibes hablándoles. Cuando se sumó Felipe mi persona ya iría por la cuarta o quinta cerveza, lo suficientemente lúcido como para distenterme, lo suficientemente anestesiado como para no sentir demasiado.
Cuando nos acercamos, Rocío me sonrío levemente. Casi. Yo, como un estúpido pensé que ella querría verme. Ahí tuve esa sensación de que la molestaba bastante. Pero mi visión periférica la seguía a en todos sus movimientos, y fui detectando cómo nos ibamos acercando. Y yo no lo evitaba, quizás por...
- Voy a por otra cerveza- le dije a Bob.
Me sentía un aventurero, arriesgándome solo a ir a la barra, tanto dramatismo por otro medio litro de cerveza para matar cualquier sensación. Rocío no me siguió. Soy un maldito paranóico.
Al volver estaba más lejos de ella, pero eso no evitó que el proceso se retomara, que los intercambios de interlocutores en el grupo circular fueran enrocando las posiciones, y terminaramos ella y yo al lado.
Rocío me miraba, lo sabía. Yo me hacía el estúpido, pues me sale bastante bien, es mi mejor personaje, junto con el español, ese que a todo el resto la clase le gustó. Pero me sentía ridículo, eternamente ridículo. Hasta que me abandonaron. ¿Tendrían las amigas de Rocío orden directa de la misma para llevarse a mis escoltas? ¿Y mis amigos eran lo bastante flojos e inteligentes como para dejarme abandonado en semejante situación?
Recordé a Orlando: "madurá".
- Hola. ¿Me vas a hablar?
Preferiría no hacerlo, pero claro, me imagino que debo, ¿no?
- Claro, hola. ¿Todo bien?
"Todo bien", cuando quiero soy un verdadero oligofrénico... se me pone a hablar y le pregunto "¿Todo bien?".
- Hace mucho que no hablamos. Te extraño.
Fue fundamental sentir en ese momento que no tenía que estar con ella, que si me ponía tenso no era porque ella me gustara sino por querer evitarla. Entonces:
- No entiendo por qué. Digamos, tampoco es que seamos tan relevantes el uno para el otro.
Cuando quiero soy frío, me dicen. Muy frío. No la miraba a los ojos, simplemente hablaba con ella sin estar con ella.
- Allen - dijo-, sé que no te gustó mucho cómo hice las cosas, pero creeme que me gustas. ¿Está mal equivocarse? La verdad es que no tuve intenciones de hacer las cosas así.
Tan exigente me siento a veces, tan severo. Es como si yo tuviera las cosas claras como para reprochar a los otros. Pero tenía la certeza de que debía detonar las cosas. Precisaba que Rocío trajera los fósforos, yo tenía los explosivos listos.
- Creo que voy a dejar a Richard... - me dijo-.
Arrangué:
- No se trata de que dejes a Richard o no, pues eso es asunto tuyo. Más allá de eso, la verdad es que yo no quiero estar con vos. Me considero sólo un punto de crisis tuyo, nada más. Por lo que a mi cuenta, me mentiste sabiendo lo que hacías. Sé que nadie tiene las cosas claras todo el tiempo, lo sé perfectamente. No sos una mala persona, ni te odio, pero no quiero estar con vos.
Me sentí lapidario. Ella me miraba con sus ojos vidriosos.
- Bueno, si te sentís así...
- ¿Y sabés qué pienso? Que si realmente querés dejar a Richard deberías hacerlo, pero arriesgándote a quedarte sola de ser necesario, para pasar las cosas que tengas que pasar de ser necesario. Y punto, que lo indeterminado venga nomás.
Pero, ¿quién me creo que soy?
Nadie estaba con nosotros. Nadie. Eramos Rocío y yo que estabamos detonando nuestros puentes. Ese "creo que voy a dejar a Richard" fue sublime. Me sentí tan ajeno, pero tan involucrado.
- Sea como sea, tenés que hablar con Richard, ¿verdad? - le dije-. Puede que esten en una crisis o que debas efectivamente alejarte de él. Sea lo que sea de eso, es inevitable.
¡Me hago el sabio! Por favor, que Julieta, Day o Guillermina vengan a cachetearme por hacerme el más capo.
II
Pasado el moment, en el macdolands de Pueyrredón:
- No puedo creer que ella intentara ser del 2%, cuando claramente pertenece al 28% - le expliqué a Bob-.
- Deberías tener en cuenta que quizás ella es del 2%, ¿no?
- No, no no. El 2% ya es casi una nulidad. No existe más que una mínima persistencia, digamos. Un automatismo que le sale una sola y nada más. Rocío pareciera no cuadrar directamente con nada de mi teoría.
- Debieras reemplazar tu paradigma -replicó Bob-.
Pensé en que debería tomarme toda la semana para desintoxicarme. Pensé también que sería un fracaso. Dicen que los adictos siempre se proponen dejar sus drogas, pero que al reincidir siempre se justifican con que les pasó algún deplorable suceso. Tengo que hablar en algún momento del fenómeno de la anestesia, como sea.
- Seguro no nos volveremos a hablar después de esto - dije-.
- Fue duro -acotó Bob-, pero era algo que debías hacer. Te comprendo, digamos que la flaca iba con un doble discurso. Que estaba mal con el novio que a ver si me das bola que en una de esas lo dejo por vos y vemos que onda.
Se me retorció el estómago. El resto del fin de semana no lo viví. No sé qué hice, pero estoy seguro que no lo viví.
(Hace un rato vi Ed Wood, de Burton. Y con todo esto aquí escrito, tengo esa sensación que ese personaje me ejemplifica a la perfección: un tipo que se dedica a algo pensando que puede llegar a ser bueno, pero realmente es un desastre.)
Un desvarío de TomK@t, tipo 1:00 |
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